La infinita brevedad de una Estrella distante

(sobre Estrella distante de Roberto Bolaño)
Por Salvador Matheus Rodríguez

Con Estrella distante, Bolaño nos traza un mapa hacia los límites, un mapa hecho con silencios y tensiones narrativas que, en su brevedad, contiene el peso de universos enteros.

Es una novela que nos interpela desde lo poético y hermoso hasta lo político y detestable, o viceversa, sumergiéndonos en la fragilidad de lo humano y la contundencia del horror.

Bolaño nos regala, en esta obra, un texto donde cada frase es una constelación de estrellas, cada pausa un espacio para reflexionar sobre los abismos que separan y unen el arte y la violencia.

El protagonista es un piloto de avión que, además es poeta y escritor, sí, como Saint-Exupery; y el autor nos advierte que el viaje será tanto exterior como interior, una ruta hacia la frustración puesto que “Tenía muchos mapas, como suelen tenerlos aquellos que desean fervientemente viajar y aún no han salido de su país” (Bolaño, 1996, p.51). Y esto me hace hacer una observación, encapsulando este anhelo inherente en la narrativa: que vendría siendo el deseo de trascender, de explorar lo desconocido, mientras se está atrapado en un espacio limitado. Es una metáfora perfecta de la literatura, que nos permite viajar sin movernos del lugar.

Eso es el libro, ¿no? Y Bolaño se lo permite, escribe como quien dibuja mapas imaginarios, guiándonos hacia territorios que solo existen en el cruce entre la memoria y la imaginación. Pues su Chile no es Chile sin dejar de ser Chile, así como la Comala de Rulfo no es México, pero evidentemente es mexicana. Una paradoja incompresible que solo los lectores más ávidos pueden disfrutar con autores que desde el regionalismo de sus sentimientos se sumergen en la universalidad y salen con vida.

En Estrella distante, el autor no solo diseña personajes; construye diálogos con la tradición literaria y genera críticas luminosas que, a mi parecer, y la sombra de Harold Bloom, despertó una narrativa que estaba desfalleciendo, dejándonos autores chilenos maravillosos que han logrado superar el Boom Latinoamericano y están dando la talla a nivel internacional.

Bibiano declara, casi como un presagio que “La poesía chilena va a cambiar el día que leamos correctamente a Enrique Lihn, no antes” (Bolaño, 1996, p.24). Aquí, Bolaño no solo hace un homenaje a Lihn, uno de los más grandes poetas chilenos, uno de los escritores olvidados de nuestro continente, o mal leídos, para no ser tan ácido, así como lo ha sido nuestro don Julio Garmendia.

Bolaño utiliza la literatura, como lo haría Borges, para revivir o prolongar la vida de autores que dentro de su obra tienen joyas literarias que, hoy en día, nos hacen falta; para afirmar el trabajo que hace Bolaño, traigo, solo para mencionar, un cuento del libro Putas asesinas titulado “Encuentro con Enrique Lihn” donde nos invita a reflexionar sobre cómo la literatura debe ser leída, interpretada y transformada. Lihn, conocido por su poesía crítica y existencial, se convierte en un símbolo de cambio y ruptura, un puente hacia nuevas formas de concebir la escritura.

Esta idea, sin dudas, se relaciona con la propuesta de Cortázar sobre el cuento como una esfera perfecta, que no requiere extensión para ser completa. En Estrella distante, Bolaño se apoya en estas esferas narrativas, fragmentándolas para crear un cosmos literario que, a pesar de su brevedad, sostiene un largo aliento. Cada página, cada frase, se convierte en un terreno donde la poesía y la narrativa dialogan, donde los silencios y las palabras se complementan y logra que Wieder, uno de los personajes más perturbadores de la novela, lo diga por él: “El silencio es como la lepra (…) el silencio es como una pantalla blanca que hay que llenar” (Bolaño, 1996, p.47). Esta afirmación condensa el espíritu de la obra, donde lo que no se dice, lo que queda fuera de la narrativa explícita, adquiere una presencia tan poderosa como las palabras mismas. Pues justo allí es donde el lector hace Lectio y se convierte en un actor activo dentro de la misma obra para descubrir cómo Bolaño trabaja, cual ingeniero, el silencio como un personaje más, como un espacio donde el lector debe buscar respuestas. Esto me hace recordar a Kafka, sí, el de La metamorfosis, por si acaso, de quien leí en alguna parte que un libro debe ser el hacha para romper el mar helado dentro de nosotros; Coetzee también dijo algo parecido… Lo importante aquí es que Estrella distante es un hacha que golpea nuestra conciencia, que nos obliga a llenar la pantalla blanca de nuestra propia voz.

Roberto Bolaño nos demuestra en esta obra que la brevedad no está peleada con la profundidad. Al contrario, en Estrella distante cada frase parece estar cargada de múltiples significados, creando una narrativa que, aunque breve, resuena más allá de sus límites: laberíntica o infinita, quizás. Y esta técnica va construyendo una novela que, como los versos en el cielo que escribe Wieder, es intensa y efímera, pero deja una marca indeleble en la memoria.

Es inevitable conectar esta narrativa breve y tensionada con las obras de Borges y Calvino. El primero, en sus cuentos, nos enseña que “cada texto breve debe aspirar a la condición de totalidad” (Borges, 1944, p.17). Calvino, por su parte, nos recuerda que la literatura debe ser como un cristal, compacto y denso, pero capaz de contener un mundo infinito en su interior. Y Estrella distante se alinea con estas ideas, no solo como un texto breve, sino como un universo en expansión.

Estrella distante nos ofrece un viaje hacia lo eterno, hacia los silencios que pesan tanto como las palabras. Roberto Bolaño logra en este libro condensar la fragilidad humana y el horror político en una narrativa que, lejos de ser ligera, carga con el peso de toda una tradición literaria: la latinoamericana, que siempre ha sido capaz de iluminar incluso los rincones más oscuros, como las estrellas.

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