El incendio de lo íntimo: Poética del desierto en “Río quemado” de Jorge Rodríguez Gómez
Por Salvador Matheus Rodríguez
Este libro no es un cauce ni un delta. Río quemado no fluye: arde. La nueva obra de Jorge Rodríguez Gómez, publicada por la Editorial Acirema, es un incendio de memorias, un mapa de cenizas que el lector recorre entre los escombros del lenguaje. Desde el primer poema nos lanza sin aviso al centro de una geografía emocional abrasada, donde el desierto no es solo paisaje, sino una forma de existencia:
Este desierto
crece entre nosotros
hasta volverse paisaje
En esta obra, el lenguaje no intenta reparar la herida: la exhibe. El río al que alude el título no purifica, no contiene ni arrulla. Es una serpiente de piedras encendidas que se arrastra por los recuerdos:
Esto no es un río
sino una serpiente de piedras encendidas
¿Cómo se llama esta cicatriz,
a este lecho
donde habita el silencio?
La poética de Rodríguez Gómez se articula desde el trauma y la calcinación emocional. Como sucede con Blanca Varela y Eduardo Espina, los poemas no declaran: susurran. La voz está quebrada, pero no vencida. En Río quemado, cada palabra es un paso dentro de un territorio abrasado donde los sonidos se apagan y la sequía se impone como destino:
No hay mensaje de pájaros
en el desierto
Esa sequía —que es también desmemoria— vuelve al lector testigo de una infancia arrasada, de una herida que aún respira entre imágenes de objetos mínimos, cotidianos, donde lo infantil se transforma en símbolo de pérdida:
Aquí la lata de agua
la caja de doce colores
los zapatos rotos
y la camisa de escuela
La infancia, además, se convierte en un territorio liminar. Aparece como espacio del miedo, del abandono y de la desaparición:
Dos niños
la delgadez del miedo
te retienen de las manos
pero ya te has ido
La psiquiatría, que Jorge Rodríguez Gómez ha cultivado como campo de estudio y práctica, impregna la voz poética. Cada poema parece registrado como expediente emocional. Y como afirmaba Julia Kristeva, en La revolución del lenguaje poético (1974), “la poesía es una forma de abismo controlado”, un espacio donde el lenguaje se convierte en exorcismo. De ahí que incluso el tacto se convierta en profecía:
Me muestras tu herida
de donde sale
el río evaporado
Yo la toco
y me sumerjo
en la sed que vendrá
Hablar de este libro también implica hablar del autor. Jorge Rodríguez Gómez nació en el seno de una familia marcada por el dolor político. Su padre, Jorge Rodríguez, fue torturado y asesinado en 1976. Su hermana y su madre comparten una biografía cruzada por el trauma de un dolor abrasador que, en Río quemado, consigue un camino poético de salvación: no para reivindicar desde lo que duele a un país entero, sino para recordar desde la belleza. Para tocar lo perdido y convertirlo en arte. Como escribió Alejandra Pizarnik, “el silencio no está vacío, está lleno de respuestas”, y Rodríguez Gómez responde desde la calcinación.
En esta oportunidad nos vamos a encontrar a Jorge Rodríguez Gómez, narrador por excelencia —de los que saben mover el lenguaje como viento lento o como puñetazo—, adentrándose en la poesía sin temores. Ya lo hizo en Papeles de la demencia, un libro que exploraba el fragmento como forma. Ahora, con Río quemado, confirma su pulso poético, que crece como la harina en los costales, y nos deja con hambre.
Este libro debería hablar más, muchísimo más. Es corto para lo bueno que es. Hay libros que no se terminan por lo que falta, y hay libros que no se terminan por lo que provocan. Este es de los segundos. El lector lo cierra y queda prendido de su sed, como quien toca una herida y se sabe ya evaporado.
Afuera el río seco
con su destino
de borrarte
Y entonces entendemos que no hemos leído un libro, sino tocado fuego.